LAS LUNAS
No es que viviera en un mundo diferente al resto de los mortales, vivía exactamente en el mismo mundo, pero a veces, ella, sentía que no era el mismo, sobre todo cuando miraba hacia el cielo, de noche.
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No pasó de un día para otro...Fue un proceso de cambio, lento...lento pero continuo. Sin prisa...sin pausa.
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Ya había olvidado lo que veían los demás cuando miraban al cielo, cuando miraban la luna.
Sabía, porque su razón así se lo dictaba, que, ellos, dejaban que se posara en su retina una luna que estaba suspendida en un trozo de cielo azul oscuro, casi negro, rodeada de estrellas que la acicalaban cada noche.
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Al principio de ese proceso sentía envidia y rabia por no poder mirar a la luna de frente y verla como los demás...
Y es que, poco a poco, comenzó a vislumbrar, primero dos lunas, luego tres, una al lado de otra, otra montada sobre la una...
Y así, día tras día, ella se acostumbró a “sus” tres lunas y a “sus” extrañas estrellas, que ya no eran estrellas sino grandes puntos de brillantina plateada desperdigados alrededor de las tres lunas, haciendo que sintiera que ese cielo que ella veía correspondía a otro mundo, a su mundo.
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Cuando consiguió aceptar que la luna ya no era una sola sino tres, de nuevo ese proceso que no había parado, y que la había llevado hasta un pedacito de cielo diferente, un pedacito de cielo que ya le gustaba porque era sólo suyo, con sus tres lunas, ese proceso irreversible, decía, le hizo otro guiño, le cambió su cielo.
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Y ahora debía volver a acostumbrarse.
Ahora debía volver a reconocer el cielo y las lunas.
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Ya no eran tres lunas lo que veía, ahora eran cuatro, cinco, seis...Cuanto más pequeñas eran, más lunitas veía.
En cuarto creciente, o cuarto menguante, había muchas lunas jugando al corro, charlando, riendo, contándose los últimos cuentos que habían escuchado sobre ellas mismas...Bueno, más bien, sobre “Ella”, sobre la luna, y todas reían porque hablaban únicamente de una de las hermanas.
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Pero había alguien que sí conocía parte de una verdad, o de un secreto, cuando menos para ella.
La luna no era una luna, sino cinco o seis.
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Y entonces y de nuevo, volvía a sentir que vivía en un mundo diferente, en otro mundo, donde había un cielo que tenía cinco lunas e infinidad de puntos de brillantina especialmente brillantes, muy brillantes, que cada noche las hacían vestirse de fiesta a todas y cada una de ellas.
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Ya no peleaba contra esto.
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Sólo miraba...admiraba aquello que sus ojos veían y se dejaba envolver y llevar, y jugaba con sus cinco lunas al corro, estirando la mano hasta creer, casi, casi, que las tocaba.
Aprendió a sentir y a disfrutar de aquello que le brindaba el destino ( o era una trampa??, o quizá una especie de entretenimiento para él, para el Sr. Destino??...Al fin y al cabo, el motivo no parecía ser lo importante).
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De lo que estaba totalmente segura era que ella tenía cinco o seis lunas, por lo menos...Y los demás sólo una.
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PD: Sé que no se entenderá nada...pero no importa. Tampoco hay gran cosa que entender. Sólo espero que si lo leéis, lo hagáis con el corazón, desde el corazón...y no con los ojos...Sólo eso.
















el-hombre-del-tibet dijo
Crazi, tesoro, no quiero ser discordante ni la aguja que no se encuentra, simplemente te dejo una opinión de tantas, tod@s tenemos muchas lunas.
Besos mi vida
PD: Tampoco me hagas mucho caso ,ya sbes que soy un punto sin partida ,un mono sin patria.
18 Febrero 2008 | 10:25 AM